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9.10.10

"¿Crisis? ¿Qué crisis? No me vengas con cuentos"

"¿Que el paro golpea a millones de personas en todo el mundo? ¿Que dices que no saldremos del agujero hasta dentro de muchos años? Pues yo, yo no noto nada”. Son los crisiescépticos, aquellos que se refugian en una burbuja y encaran el futuro con una dosis extra de esperanza. Otra perla: "Y a ti, ¿te está afectando la crisis? Me refiero a tu vida normal...”. “No, de momento no la noto. Bueno sí, hay menos gente en todas partes. Pero eso es bueno, ¿no? Ir a cenar y no tener que esperar mesa...”.
Para algunos ciudadanos, esa dama misteriosa que es la crisis económica que cada mes se las apaña para despedazar nuestra nómina (una parte para la letra del automóvil, otra para la hipoteca, los gastos de comunidad, la factura del teléfono, uf uf, que no me llega...) hasta dejarnos sin blanca, no existe. Más aún: cuando cientos de miles de familias están en riesgo de mora y millones de personas forman parte de las listas del paro, ellos se manifiestan “felices”, “despreocupados” y con una relativa “confianza” en el día que está por venir. Estas son algunas de las características que definen al individuo que los expertos ya han definido como el “adulto inconsciente”. Sus rasgos resultan familiares. Se trata de individuos, generalmente de entre 20 y 35 años, con títulos universitarios, solteros y sin cargas familiares. Perciben el dolor como algo ajeno. En su círculo de amigos no hay padres con temor a no poder pagar el colegio de sus hijos o mamás de cuarenta y tantos que se quedan en el paro, así que pueden consumir y divertirse sin remordimientos. Nada les hace temer lo que está por llegar. Los adultkids (personas físicamente ya adultas que, no obstante, reaccionan como niños) se apoyan en la prolongación de la adolescencia, no tanto como una actitud personal voluntaria, sino como un “mecanismo de supervivencia” ante el bombardeo de noticias pesimistas que vienen de fuera. Y aunque este comportamiento no está oficialmente catalogado como una enfermedad psicológica (en el Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales es una “simple” neurosis, que el doctor Alan Kley destapó en el año 1983), los especialistas vuelven a poner la lupa sobre éste y otros comportamientos de “autodenfesa” que han crecido al albur de la crisis.
El divulgador científico y economista E. Punset explica en su libro 'El alma está en el cerebro' que “por naturaleza tendemos al optimismo. Evolutivamente, esto nos ha permitido sobrevivir”. El escepticismo, en cambio, “exige esfuerzos y es costoso”, por lo que muchas personas prefieren instalarse en la despreocupación, si bien este refugio mental conlleva algunos peligros. “Se puede actuar alocadamente en las cosas pequeñas. Ahora bien, cuando se trata de asuntos importantes -y una crisis económica mundial lo es-, en contra de lo que sería nuestra propia naturaleza optimista, vale la pena echar mano del escepticismo y prever planes de contingencia”, defiende.
El problema radica en que ni las pérdidas millonarias de los hombres trajeados de Wall Street ni los aullidos financieros que comenzaron a expandirse desde EE.UU. en el agosto negro de 2007, fecha en la que reventó la crisis de las ‘hipotecas basura’ (subprime), lograron aturdir a ese grueso de crisiescépticos. Y, todavía pasado más el tiempo, son muchos los que continúan estando en la inopia, afirmando incluso que "la crisis económica no es más que una invención de los periódicos. Al fin y al cabo, hay más gente que padece migraña que el desempleo”. ¿A qué se debe esta aparente frivolidad?
Para Fredy Kofman, autor del best seller 'Metamanagment y la empresa consciente', las sociedades y los gobiernos adolecen de flaquezas similares. Tras más de veinte años de estudio del liderazgo, llegó a la conclusión de que la “inconsciencia del sistema” (llámese Estado o Gobierno) lleva a los dirigentes a actuar de forma arbitraria, impredecible. Y esta actitud se convierte en un espejo poderoso para el ciudadano, que, instalado en el cortoplacismo, no teme la indigestión de “créditos, gastos, e ilusiones de consumo”. Entonces, el individuo se lanza a la caza de objetos, pequeñas dosis de felicidad, que pueden venir en forma de caja de zapatos, televisor LCD de última generación o una escapada vacacional. Según el autor, este comportamiento cuenta con la complicidad de los gobiernos, que asumen la promesa implícita de tender la mano a sus votantes si algo sale mal. ¿Hasta el punto de tener que inyectar miles de millones para refinanciar hipotecas, bonificar contratos, "dar" cheques-regalo-compravotos...? Hasta ese punto. "Se trata de evitar a toda costa las consecuencias de esa inconsciencia original”. No importa a qué precio. Es decir, no se exige a la sociedad que cambie de comportamiento. Nada de eso. “Lo que hay es una domesticación de la inconsciencia de los agentes sociales”, subraya Kofman. La creencia ciega en que alguien tirará del arnés si la economía del hogar se tuerce es una válvula de escape que, aunque tiene algo de fantasiosa, supone un poderosísimo efecto burbuja. Es más, los especialistas coinciden en señalar en que esta coraza protectora crece en la misma proporción en que lo hacen los problemas financieros. Es posible sostener al temor “objetivando” a escala real lo que sucede. Nada del todo malo ocurre: no hay tanques en las calles ni aviones bombardeando las ciudades y, aunque agobiada, la mayor parte de la gente aún come tres veces al día y duerme sobre una cama. Así, habría que pensar que lo que sucede es ‘solamente’ la preocupación por no poder pagar el auto o la hipoteca. En situaciones de peligro mayores el cerebro está preparado para segregar hormonas para salvarnos en situaciones límite. Si no lo hace, replicaría un crisiescéptico, "¿no será porque las deudas son un mal menor?". La recesión no puede acabar deprimiéndoles, pues significaría que su felicidad depende sólo del bienestar que confieren una casa limpia y una cuenta corriente a raya. Visto así parece, incluso, un pensamiento casi espirituoso. Ahora bien, contra lo que no pueden luchar quienes ningunean la crisis es la incertidumbre. Ésta es una mala compañera de viaje en una recesión, porque uno siente que debe estar todo el tiempo preparado, en alerta, para no sé sabe muy bien qué. Lo malo es la incertidumbre en sí, no la muerte ni el tener menos dinero.
La tensión que en el fondo subyace tras un crisiescéptico tiene múltiples manifestaciones. La compañía RAB Capital pronosticó con varios meses de antelación un aumento en las ventas de cosméticos entre los países especialmente golpeados por una coyuntura recesiva. Dicho y hecho. En el año 2008, las barras de labios se convirtieron en el producto estrella de la cesta de la compra, con una facturación millonaria. Y continuó después. El pintalabios causa furor (especialmente entre las españolas y las inglesas). Aunque a los expertos, el furor por el carmín no les ha pillado desprevenidos ya que la venta desorbitada de barras se registró por primera vez durante la Gran Depresión (1929), año en el que la producción industrial de los Estados Unidos se desplomó un 50 por ciento. Más de 70 años después, Leonar Lauder, presidente de Estée Lauder Companies, elevó este fenómeno a la categoría de ciencia diseñando la teoría del pintalabios, evocada por la recesión que vivió Estados Unidos en 2001, tras los ataques del 11-S. Así, Lauder comprobó que su empresa estaba vendiendo más sticks de lo normal y, con los datos en mano, lanzó esta hipótesis: la situación de una economía se puede medir en función del nivel de compras de lápices labiales. Y es que en momentos de crisis, las mujeres empujan las adquisiciones de los artículos más asequibles y que, a la vez, les transmiten la dosis de autoestima necesaria para sortear las calamidades diarias. Las japonesas también se refugiaron en el lápiz labial a finales de la década de los noventa. La economía entró en depresión económica y la inversión en este pequeño objeto de lujo trepó casi un 10 por ciento. Otro de los tics desarrollados en épocas de crisis es la obsesión por tener un buen físico. Las matrículas en los gimnasios, se dispara en torno a un 20-25 por ciento, un gesto que ya se repitió a finales de los noventa, con los coletazos de la última recesión. Estar en buena forma no garantiza, en principio, tener un mejor puesto de trabajo. Pero ahora que los expedientes de regulación de empleo rondan las esquinas, la gente quiere estar preparada por lo que pueda pasar en el futuro. Perder un par de kilos y tonificar el músculo son una buena tarjeta de presentación. La clave está en poder gritar al mercado: "¡ey, estoy aquí, soy joven y dinámico. Quiero trabajar en tu empresa!". Y otro tic: aunque el sector público siempre ha hechizado a los trabajadores, en épocas de crisis los opositores crecen como setas. Cuando las empresas pliegan alas, los estudiantes, y también muchas amas de casa, se asoman a la Administración en busca de un puesto de trabajo. Les da seguridad y confianza. Por la misma razón, la englishmanía gana terreno. Incluso entre quienes presumen de tener ya un buen empleo y un mejor sueldo. Las academias más populares (Open English, Wall Street Institute...) estiman que, de media, han incorporado un 30 por ciento de alumnos más a sus aulas.
Los sexólogos también han propiciado un duro golpe a quienes alardean de que no notan el impacto de la crisis. Y es que algunos deberían prestar más atención a su actitud en la cama. El debilitamiento del ciclo económico hace que las personas se vuelvan “más conservadoras” en sus comportamiento sexuales. En épocas de inestabilidad financiera las personas buscan una certidumbre y las posturas más fundamentalistas cobran fuerza. Al contrario, las épocas de bonanza conlleva a una relajación de las costumbres que permiten un mayor aperturismo y permisividad hacia comportamientos sexuales distintos, incluso formas alternativas de convivencia familiar. El subconsciente, aunque no lo parezca, traiciona y de qué manera. Sólo así los expertos se explican que, en épocas de vacas flacas, los matrimonios aplacen la decisión de divorciarse por la mera supervivencia. El temor a perder la casa, cuya hipoteca difícilmente puede afrontar un solo miembro de la pareja, explica este fenómeno.
¿Qué se esconde tras estas conductas? La confianza, casi ciega, de que el futuro será inesperadamente mejor, una filosofía nutrida constantemente por los políticos. "Inmediatamente después de convertirme en presidente voy a enfrentar directamente esta crisis económica tomando todas las medidas necesarias para aflojar la crisis del crédito, ayudar a las familias trabajadoras y restaurar el crecimiento y la prosperidad”. Con este mensaje, el por entonces candidato a la Casa Blanca, Barack Obama, logró meterse a los estadounidenses en el bolsillo. El mundo, aturdido por una crisis sin precedentes, necesitaba un líder carismático, capaz de devolver la confianza allí donde solamente quedaban los escombros de una sociedad sobreendeudada. Los analistas de The Economist, la BBC o The New York Times... anunciaron el aterrizaje de Obama en la Casa Blanca como si fuera poco menos que la Segunda Venida de Cristo, el gran redentor de un país famélico tras el presidente Bush, el reparador de las heridas raciales y políticas y, en suma, el juez que traería la paz en el mundo. El Salvador ya estaba aquí, aunque las voces de quienes piensan que carece de un programa político para sacar a Estados Unidos del vertedero financiero del mundo tienen cada vez más presencia. En cualquier caso, para los analistas políticos, Barack Obama ya logró un “milagro”. Su campaña electoral, seguida y repetida en todos los rincones del planeta, sirvió, ante todo, para ganar tiempo. El famoso columnista George F. Hill, del Washington Post, dio las razones: "Su presidencia comienza como un ejercicio de psicoterapia para una nación que sufre una crisis de confianza".
Pero no nos engañemos, los ateos de la recesión tienen sus razones para serlo. Al margen de la difícil digestión oficial de la coyuntura adversa, los organismos internacionales (OCDE y FMI), el Banco Central Europeo o las entidades financieras nacionales de los principales bastiones europeos (Inglaterra y Francia) tampoco atisbaron con la suficiente antelación la que se venía encima al mundo financiero y, más tarde, su contagio a la economía real. Nouriel Roubini es una excepción, por lo que debiera convertirse en una referencia constante. Las profecías de Roubini pueden leerse en su obra Riesgo de un colapso financiero o los doce pasos del desastre que está por venir (escrita ocho meses antes del estallido de las subprime). En su artículo once, por ejemplo, explica que “el empeoramiento de la crisis del crédito que afecta a la mayoría de los mercados traerá consigo un drenaje casi completo de la liquidez en numerosas áreas de negocio, incluidas algunas de las que actualmente consideramos más líquidas. Se disparará el interbancario (…), la falta de confianza, la prima de liquidez exigida y la propia incertidumbre crediticia”. El documento también añadía: “Nos encontraremos con una recesión económica global conforme las pérdidas y la restricción del crédito se expandan por el planeta. Veremos pánico, ventas desesperadas y desplome en el precio de los activos que traerán consigo quiebras de entidades sistemáticamente importantes y ampliarán los negativos efectos financieros y económicos de la crisis”. Y por si no queda claro, continúa: “La política monetaria y fiscal serán ineficaces (…). La falta de confianza en las contrapartidas generará un deseo de acumulación de efectivo que hará impotente cualquier acción sobre los tipos de interés. Debemos estar preparados para lo peor: el colapso del conjunto del sistema”.

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